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jueves, 27 de diciembre de 2012

La Reina


                 La música sonaba a todo volumen, tanto que se podía escuchar desde la puerta de entrada al edificio, pese a que provenía de la segunda planta. Cada día, más o menos hacia la misma hora, se oía un auténtico concertín de canciones estridentes y diversas melodías estruendosas, aderezado todo ello con los ruidos, golpes y arrastrar de muebles que también emergían de la planta segunda, y se colaban a través de las paredes de las casas rebotando de una a otra, avisando a todos los vecinos de los quehaceres de su Majestad. Pero la representación del teatrillo no contaba sólo con el pase del mediodía, sino que en cualquier momento, y a cualquier hora del día o de la noche,  podía comenzar una de las audiciones que los habitantes del inmueble trataban de soportar estoicamente, cosa que no todos lograban.
            La vivienda en cuestión, de la planta segunda, estaba situada justo entre otras dos moradas que le hacían las veces de escolta real porque ella era la Reina, tanto la casa como su habitante. Ella era la Monarca de toda la finca, y su poder alcanzaba desde las terrazas de la tercera y última planta, hasta de los trasteros y plazas de garaje situadas en el sótano. Es más, su reinado y soberanía llegaba a extenderse, a través de aire, a los edificios aledaños, que también venían padeciendo las extravagancias sonoras de su Alteza Real. Al menos ellos únicamente sufrían el tormento ruidoso, porque sus más allegados súbditos, particularmente las personas que vivían en los domicilios limítrofes al palacio, tenían que soportar, a parte de las mencionadas extravagancias sonoras, sus no menos excéntricos comportamientos y modos de proceder.
 Llamativo fue el caso que se dio en la época en que la Soberana decidió de modo unilateral y sin comunicarlo a través de real decreto a sus vasallos, cosa a la que no estaba obligada dada su auctoritas, establecer su morada en el descansillo de la escalera que decoró, ambientó y acomodó tal cual si fuera su casa, y permaneció habitando allí durante varias semanas, haciendo tanto lo divino, sus rezos y oraciones, como lo más humano y escatológico, aquello que la mayoría de los mortales solemos hacer en el secreto de nuestros hogares, puesto que el reparo y la moral impiden lo contrario.
La Reina era joven, una muchacha casi de treinta y pocos años, a la cual el poder le fue entregado por ser la primera de las habitantes que se instaló en el edificio. Aunque, a decir verdad, no hubiera podido ser de otra manera ya que para esta ocupación, como para cualquier otra, hay que valer y no todas las personas son válidas para un cometido de tal envergadura. Además, las leyes implícitas de las comunidades de vecinos tenían establecido que el/la Monarca de una escalera debía esforzarse y procurar conseguir causar el mayor disturbio posible a sus súbditos, lo cual era como algo innato para esta chica que no tenía que esforzarse ni un ápice, ya que el tema del incordio le salía de modo natural, tal cual si fuera una sobreabundancia que rezumaba de sus comportamientos diarios, y también de los nocturnos. Una Reina que se preciase de serlo, no tenía permitido abandonar a sus cortesanos ni tan siquiera en las horas en las que dormitan los cobardes y los miserables, de lo contrario…¿qué clase de Monarca sería si primara más su descanso o su placer que su deber?
Ni que decir tiene que era una persona totalmente entregada en cuerpo y música a llevar hasta sus últimas y más extremas consecuencias el poder recibido, de lo que se deduce que su vida particular y personal estaba un tanto dejada de la mano de Dios, cosa de ínfima importancia si la comparamos con la misión que estaba llevando a cabo de un modo magistral. Esto era así porque, si alguno de nosotros nos viéramos abocados a una empresa tal, a buen seguro recurriríamos al mandamiento directo sobre éste o aquel vecino, a la charla moralizadora cara a cara e incluso a la humillación y el escarnio público si llegara el caso. Pero ella no actuaba así, era más retorcida, más áspide, y lejos de entrar en el confrontamiento personal se dedicaba a ir haciendo mella en el vecindario mediante sus exhibiciones sonoras día tras día, noche a noche, de un modo lento pero contundente.
Se puede decir que era una de esas personas que viven hacia afuera. Me refiero a que prácticamente cualquier aspecto de su vida era gritado a los cuatro vientos por ella misma. De igual modo, todos sabían perfectamente cuándo entraba y salía de su casa, por su discreto modo de firmar su llegada o su partida regalando un sonoro portazo a su público. Sabían cuándo hacía limpieza, por el estruendo que montaba, incluso también sabían cuándo cocinaba o comía, por el mismo matiz ruidoso que imprimía en estos menesteres. Algunos, sus vecinos de los lados,  la llegaron a escuchar en flagrante acto de fornicación lo cual era llevado a cabo por ella como el resto de los actos de su vida.
El tiempo pasaba y los residentes de la finca veían cómo las paciencias de unos se iban agotando más que las de otros, y puesto que a la situación no se le intuía tinte de cambio, algunos de ellos resolvieron mudarse a otros reinos en donde los monarcas fueran un tanto más silenciosos. La pareja que vivía en el primero se marchó a un piso de la corte del Rey Mudo, el cual lo más que venía a hacer a sus súbditos era algún sonido gutural en un intento de comunicarse con ellos, intentos todos abocados al fracaso. Tanto les gustó a estos chicos la tranquilidad de su nuevo reino que no dudaron en avisar a sus amigos que vivían en el  bajo de la corte de su ruidosa Majestad, otra pareja un tanto más madura que la anterior y con un retoño de pocos meses de edad que comenzaba a acusar en sus carnecitas las inclemencias de las tortuosas noches palaciegas. También tomaron el camino del exilio el matrimonio de viejecitos que vivía en el piso que quedaba a la derecha de su Alteza Real, hartos de soportar los martirios musicales y con un profundo insomnio a cuestas partieron en busca de otras tierras, con lágrimas en sus ojos pintados con el enrojecimiento típico que nos brinda el sueño frustrado.
Mientras las viviendas se iban vaciando de sus pobladores, que fueron desfilando discretamente y sin llamar la atención en busca de sus destinos, la Reina no parecía advertir que su corte se desmoronaba debido a que el edificio se estaba quedando vacío de gente. Y cuando todos hubieran partido, ¿qué fuste tendría la misión de aquella Soberana cuando ya no quedara nadie a quien perturbar? ¿Qué haría entonces con sus músicas, sus ruidos y sus aullidos propios de los más primitivos semovientes que la mente logra recordar? Preguntas jamás planteadas por ella que se encontraba absorta en su cometido. Tal vez tratara así de ganarse el tan ansiado cielo que todos merecemos tras pasar una vida en este mundo, o quizá pensaba que le darían algún tipo de medalla o distintivo reconociendo su profunda y concienzuda labor Real. No conocemos cuáles eran sus pensamientos, mas sí podemos dar testimonio de lo que sucedió aquella tarde de febrero.
La Reina sintió un enorme deseo, sin saber muy bien de dónde provenía ni a qué necesidad respondía, de aproximarse un poco a sus súbditos buscando quizá aquello que hasta los más elevados y metafísicos ascetas requieren de tanto en tanto para seguir sintiéndose personas, buscando nada más que un poco del calor humano que no le daba ni su música, ni sus golpes, ni sus maneras de vivir. La tibieza de la charla con un amigo, la calidez de dar un paseo en compañía o el ardor del acogedor abrazo que nos brinda nuestro ser amado, nada de esto había en su vida que venía estando dedicada a otras cuestiones de mayor importancia. Pero en aquellas horas vespertinas necesitaba, nada más que eso, necesitaba al igual que necesitamos el resto de los mortales, cosa que no le resultaba plato de buen gusto porque ella era la Reina y no quería necesitar.
Salió de su palacete y fue llamando a las puertas de las casas con un gesto amablemente forzado en su rostro, y una fingida sonrisa en sus labios que trataba de ocultar lo que ni ella misma quería ver. No se abrió ninguna de las puertas, es más, se dio cuenta de que el edificio estaba sumido en el silencio por el que correteaban los ecos de los timbres que iba tocando con su mano. Regresó al descansillo de la segunda planta y se sentó en el suelo al tiempo que tomaba conciencia de que estaba sola, cosa que los vecinos siempre vieron con meridiana claridad. Entonces se dio cuenta de lo que había pretendido lograr mediante su mandato. Lejos de ansiar loores y agradecimientos, lo que aquella chica buscaba e intentaba a toda costa era aplacar, aunque tan sólo fuera por unos segundos, la desgarradora soledad de la que estaba presa desde hacía ya un buen manojo de años, tal vez toda su vida, pero lo intentaba hacer de una manera tal que terminaba por conseguir lo contrario, estar más sola cada vez. Por eso ponía la música tan alta, para imaginar sentirse un poco menos sola; por eso dejaba la televisión encendida cuando salía de su casa, para sentir al regresar que alguien la aguardaba en el hogar; por eso hacía tanto estruendo y ruido, para intentar comunicarse con los demás.
Terminó allí su reinado. Allí quedó su Majestad, acurrucada contra la pared con el lomo arqueado y los brazos alrededor de sus piernas flexionadas. Quedó en compañía, en compañía de su soledad.

                                                                                      Marcos LLoret García
             

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Ultimátum



                Mi respuesta a la ofensiva declaración no puede ser otra más que ésta que os voy a dar a vos, los Licores de la Guerra:
            1) El poder soberano que ostento me fue dado ya en los orígenes de mi aparición en este mundo, de modo que únicamente puede arrebatarme dicho poder aquel que me lo entregó, que no es sino el clamor social generación tras generación a través de los siglos.
            2) Durante el largo tiempo que llevo encabezando la institución que representan los bares en esta tierra, jamás recibí queja alguna por parte de una persona, ni tampoco de ningún licor. Bien al contrario, recibo cánticos y alabanzas. Con lo que esto es motivo más que suficiente para, llegado el caso, proclamar mi total y absoluta legitimidad y autoridad a lo largo y ancho de mi reino.
            3) Además, tanto la posición que ocupo en la cúspide del escalafón etílico, como los actos que de ello se derivan, quedan estrictamente regulados en el Plan General Reglamentador del Consejo Superior de la Cebada Fermentada, así como también en la Carta Fundacional de la Mesa de los Toneles.
            4) Dada la gravedad de las acusaciones, calumnias y difamaciones a las que se ha visto sometida mi persona, y respetando siempre el sentir popular, me veo obligada a negarme sistemáticamente a todas y cada una de las desleales peticiones que osáis hacerme. Máxime cuando se me exige abdicar, cosa que, reitero, únicamente podría obligarme a hacer el pueblo mediante su explícita petición.
            5) No toleraré ningún tipo de injuria más. Deben ustedes, de inmediato, deponer su errónea y demencial actitud y entregar las armas de un modo incondicional. Caso de persistir en su empeño, ordenaré a mis ejércitos que lancen un ataque sobre su posición aniquilándola y borrándola para siempre de la memoria de los bares.
            6) Tienen un plazo de 24 horas, según lo establecido en La Enmienda de los Chupitos, para entregarse a las autoridades competentes, quienes los trasladarán hasta mis dependencias donde serán juzgados por el delito de lesa majestad por un tribunal militar.
            7) He reinado, y lo sigo haciendo, para todos y cada uno de mis súbditos. El tiempo avala mis palabras, y el pueblo las rubrica. Tenemos de nuestra parte la historia y la memoria, y si fuera preciso daré mi vida antes que traicionarlas. La tradición manda, y en este caso me debo a ella.
               Esto es un ultimátum. Depongan su actitud y sus armas, y no pierdan el poco honor que todavía conservan.

                                                    Su Alteza Real La Reina Creveza  

jueves, 20 de diciembre de 2012

¡¡Barra o Muerte!!



            Declaración de guerra de Los Licores sublevados contra la despótica tiranía ejercida sobre la barra por parte de la reina Cerveza:
            Nos, Los Licores levantados en armas, comandados por el general Anís Dulce, el coronel Pacharán y la teniente Mistela, declaramos la guerra abierta contra la hegemonía de la monarca Cerveza y su mandato dictatorial por el legítimo poder que nos concedió La Constitución de las Barricas de 1978. Apelando a la Carta Magna, estamos en disposición de reivindicar por la fuerza el hecho de volver a tomar la posición que nos es propia en la primera línea de la barra, ocupada desde una fecha que permanece grabada a fuego en los anales de la infamia por la belleza y seducción de la rubia soberana.
            Reclamamos el cese inmediato del actual control, ejercido por parte de su espumosa majestad, en el territorio que fue tomado ilegítimamente por un despótico golpe de barra,  que será gestionado por un nuevo gobierno que ostentará el poder durante el tiempo de guerra. Del mismo modo, exigimos que se retire el burbujeante ejército real, así como todas las tropas apostadas en el emplazamiento, incluídos los vasos de caña que hay tanto en las estanterías de la pared, cuanto encima y debajo de la barra. En otro orden de cosas, cabe decir que la retirada de la reina, con sus tropas y todo su séquito, será respetada y facilitada en la medida de lo posible de acuerdo con las directrices del tratado internacional del Oporto de 1982.
            Todo conato de resistencia será aplastado por la fuerza, de un modo contundente. En caso de capturar prisioneros, éstos serán tratados según el Protocolo Mundial del Orujo de Hierbas y, llegado el caso, serán juzgados por las Cortes Supremas del Tribunal del Espiritu del Vino, cuya sentencia será inapelable e irrevocable. Los oficiales también serán tratados y juzgados según indiquen las directrices del citado protocolo.
            Disponen de 24 horas para retirarse voluntariamente. Caso contrario, y pasado el plazo establecido, nos veremos obligados a tomar la posición por la fuerza haciendo un uso legítimo de todos los medios a nuestro alcance
            Sólo nos resta decir que en nuestra misión de retomar y salvaguardar los usos y costumbres tradicionales, así como los más profundos valores implícitos en esta sociedad a la que nos debemos y que no dudaremos en defender hasta las últimas consecuencias derramando todas y cada una de las gotas de nuestra esencia etílica si fuese necesario, contamos con la bendición de Dios y con el apoyo de todos los santos de nuestra fe.
     ¡¡Abajo la tiranía de la Cerveza!!
     ¡¡Barra o Muerte!!                         

                                                                                     Marcos Lloret García

martes, 18 de diciembre de 2012

La Cumbre


             El grupo de los L. P. 30 (Líderes de los 30 Países a la cabeza del mundo), las personas más poderosas de este planeta maltrecho y venido a menos, se reunieron en el mes de abril del año 2015 para abordar y tratar de solucionar de una vez por todas la situación socio-económica que tenía sumida a prácticamente toda la población mundial en los umbrales de la miseria, aunque buena parte de ella venía estando a esas alturas con la miseria al cuello debido a los largos años que llevaban soportando un diluvio que no cesaba.
            En esta ocasión, decidieron reunirse secretamente en el castillo del duque de Mediopelo, en la remota localidad de Ningúnsitio en el lejano país de Outopos, ya que por motivos de seguridad debían estar en un emplazamiento protegido de las masas feroces que querían acabar con su poder, las cuales siempre terminaban por conocer el lugar de la reunión.
            Abrió la junta el Superintendente General del L. P. 30, que era el Presidente de los estados de Carenciamáxima y Necesidadextrema. Un señor bigotudo y barrigón que fumaba un gran puro mientras colocaba los folios sobre el atril desde el que iba a hablar al resto de dirigentes, que estaban sentados alrededor de una gigantesca mesa sobre la que reposaban los restos de un opíparo almuerzo, acompañado en la lejanía por el clamor de la voz de la masa hambrienta que estaba apostada en los perímetros del castillo en pleno acto de protesta, una de esas quejas que los mandatarios terminaban usando para asearse el esfínter anal tras la evacuación de sus repletos intestinos.
            -Señoras, señores, amigos todos… La situación se nos está escapando de las manos ya que ha empeorado notablemente desde la última reunión que mantuvimos hace a penas cuatro meses, y en la que no logramos alcanzar ningún acuerdo relevante dada la envergadura del problema al que no enfrentamos… comenzó a decir el Superintendente bajo la atenta escucha de su auditorio… Es por esto que, por mi parte  estoy dispuesto a firmar un  Acuerdo de Cooperación entre Territorios para lograr, de una vez por todas, superar esta circunstancia tan dramática en la que nos vemos sumidos…
            Sus palabras fueron cortadas por el aplauso y la ovación de los demás miembros del L. P. 30, quienes se sintieron entusiasmados por la disposición que estaba mostrando el Superintendente para erradicar la crisis financiera de una vez por todas.
            -En dicho Acuerdo… continuó diciendo… firmaremos y avalaremos nuestro total  compromiso para terminar con la catastrófica tesitura que nos tiene cautivos. Además, con él, se sentarán las bases de lo que será algo mucho mayor,  un gran Acuerdo Global Económico-Social para impedir que nuevamente se dé una coyuntura como la que venimos atravesando estos últimos tiempos… detuvo su discurso para disimular someramente el reflujo que la pata de cordero del almuerzo le estaba produciendo dándole coces en su estómago atiborrado, y aprovechó para dar una profunda calada a su humeante puro… Sólo me resta decir que debemos realizar nuestra tarea con la mayor premura de la que seamos capaces porque el tiempo corre en nuestra contra, y en contra de todas y cada una de las personas que están sufriendo las consecuencias de esta maldita crisis.
            -Estoy con usted, y quiero decir públicamente que apoyo sus palabras y doy mi voto al Acuerdo que ha planteado… dijo el Presidente de Aniquilandia, tierra esquilmada por el desempleo, la miseria y el hambre pura.
            -Cuenten también con mi voto a favor… intervino el cabeza de gobierno de Máspobrequepobre, país sumido en la ruina y el caos social… Y pido al respetable que nos apresuremos en establecer dicho Acuerdo.
            -¡Hagámoslo ya!... sentenció el Superintendente… Yo propongo que se llame Acuerdo Interterritorial de Ayuda y Cooperación Económico Social, que será el borrador, por así decirlo, del Acuerdo Global que estableceremos más adelante, cuando éste primero comience a dar sus frutos para lo que no tendremos que esperar demasiado tiempo.
            El secretario del L. P. 30 escribió el encabezado del documento oficial que venía a ser, como ya se ha dicho, Acuerdo Interterritorial de Ayuda y Cooperación Económico Social, seguido por todos y cada uno de los nombres de los mandatarios que conformaban la junta para que, uno a uno, fueran estampando sus firmas sobre el papel en blanco que empezó a navegar de mano en mano y a ser engalanado con decenas de garabatos ilegibles, rúbricas ostentosas y algún que otro pequeño rastro de tinta obra de las plumas más díscolas y atrevidas que, en un acto de sobreabundancia, lanzaban diminutas gotas de su líquido interior sobre el escrito soberano.
            Cuando todos hubieron firmado el papel, éste regresó a las gruesas manos del Superintendente que fue el último en plasmar en él su signatura con un resplandeciente  bolígrafo de oro. Luego, entregando dicho documento al secretario, dijo:
            -Pues bien, señores. Ya hemos cumplido con la obligación y el deber que nos han traído hasta aquí, cosa que es primordial y prioritaria dados los cargos que ostentamos los que estamos en esta reunión. Por lo tanto, no nos queda por hacer nada más ahora que ocuparnos de nuestra devoción, para lo cual me he tomado la libertad de preparar algunos divertimentos, meras bagatelas, que harán, espero, las delicias de los presentes.
            Comenzaron escuchando un concierto de la Orquesta Filarmónica de Muertosdehambre que interpretó una selección de piezas clásicas. Lo cual sirvió de acompañamiento al Ballet Nacional de Todosenparo que llevó a cabo unas bellas danzas al son de la música, detrás de la cual se escuchaban los gritos desgarrados de las hirvientes mareas humanas desparramadas en las afueras del castillo. Tras esta primera actuación, tomaron un cóctel y  acto seguido asistieron a un recital de poesía del galardonado con el Premio Mundial Poético don Asterisco Mascaletras, que deleitó al distinguido con la lectura de varias de sus obras, entre las que cabe destacar su Elegía a los desheredados y su Canción triste de la abundancia. Por último, y como colofón a una dura jornada de trabajo, asistieron a una merecida cena de gala que dio el Superintendente como muestra de generosidad y de buena fe por su parte para que el Acuerdo firmado llegara a buen puerto, siendo éste un trozo de papel garabateado, metido dentro de una botella y lanzado a las aguas del océano confiando en que la divina providencia lo hiciera atracar en el lugar adecuado y, a poder ser, que también lo redactara, debatiera, negociara y se comprometiera a hacer cumplir aquello que tanto les costó alcanzar a los dirigentes, tanto como la nada.
            Por su parte, los mandatarios se fueron marchando al filo de la madrugada entre enormes medidas de seguridad, cargas policiales contra los manifestantes más hambrientos, detenciones, y diversos altercados de la más violento. Salieron en helicópteros, uno para cada uno de ellos, que estaban encargados de llevarlos hasta los territorios en los que residían. A todo esto, el secretario se quedó en el castillo, con el papel del Acuerdo entre sus manos, mirando por una de las grandes ventanas del más alto torreón cómo se iban alejando los helicópteros por el cielo, mientras en la tierra había centenares de personas clamando al mismísimo Dios que les prestara un poco de atención.
             -Pobres desgraciados… fueron las palabras que se escaparon de sus labios sin saber muy bien si iban dirigidas al cielo o a la tierra.


                                                                                              Marcos Lloret García

lunes, 17 de diciembre de 2012

El final de la calle



            Un hombre salió a la calle una mañana temprano a dar su paseo diario, tanto que el sol aún continuaba bostezando por entre los tejados de la ciudad. Ya en la acera de su portal, comenzó a caminar calle abajo, como cada mañana, pero esta no era igual que las otras.
            Las campanas de la iglesia empezaron a sonar estrepitosamente, como si el pueblo entero estuviese siendo pasto de unas llamas que todo lo arrasan, mas no se olía a humo en el ambiente sino a algo distinto. Se comenzaba a olfatear el lejano clamor de una multitud que se acercaba hasta el hombre desde el extremo opuesto de la calle por la que caminaba.
            Pasaron junto a él unas avanzadillas de la masa que cada vez veía más cercana, las cuales servían a modo de informadores itinerantes sobre las reivindicaciones y protestas que conformaban aquel maremágnum. Al tiempo que iban haciendo las veces de captadores de adeptos para la causa justa que tenían entre manos.
            Dos de ellos hablaron con nuestro hombre para informarle al respecto, incluso trataron de darle una banderola que él rechazo ante la mala mirada de sus interlocutores. Dio media vuelta y se marchó hacia su casa antes de que el enjambre llegara hasta él.  Cerró la puerta tras de sí y se dio cuenta de que tenía en la boca del estómago un regusto muy sutil, como de náusea escurridiza cosa que, por unos segundos, lo dejó un poco traspuesto.
            Mañana daré mi paseo… pensó ya recuperado de esa leve molestia que instantes atrás hizo tambalearse algo en sus adentros, al tiempo que en la calle se escuchaba el jaleo y la algarabía típica debidos a lo que estaba ocurriendo. El hombre, cerró la ventana de su salón y se sentó a reposar sumido en un mar de gritos, pitos e improperios.
            A la mañana siguiente, salió de su casa dispuesto a dar su paseo. Comenzó a caminar calle abajo alentado por los primeros rayos del sol que hoy se encontraba más despierto que la mañana anterior. Al poco, se comenzaron a escuchar sonidos de sirenas, de muchas sirenas que parecían provenir del extremo final de la calle, que hoy se veía turbio y con aspecto fantasmagórico debido a una densa humareda que se divisaba en la lejanía.
            Varias personas pasaron corriendo en sentido contrario al que nuestro hombre llevaba, y al verlo le advirtieron de lo que estaba sucediendo un poco más adelante. Parecía que se habían desatado unos violentos altercados originados por una multitud que la había emprendido a pedradas contra todo lo que encontraban a su paso. E incluso iban animando a las gentes que miraban, asustadas, desde balcones y ventanas que se unieran a ellos y a su justa causa.
            Esta vez el hombre sintió miedo y rápidamente decidió regresar a su casa por lo que pudiera suceder. De modo que dio media vuelta y comenzó su retirada mientras en la lejanía comenzaban a escucharse unos estruendos que parecían ser disparos. Llegó a su casa y cerró la puerta tras de sí con todos los cerrojos que tenía, además cerró las ventanas del salón y bajó las persianas porque las sirenas y el estruendo se iban escuchando con mayor nitidez a cada segundo que pasaba con lo que, a buen seguro, el altercado terminaría por diseminarse por todo el barrio.
            Y así fue. A la mañana siguiente, el hombre se encontraba harto de que no le dejaran hacer algo tan simple como dar su paseo. Salió de su casa y comprobó que la calle estaba convertida en un gran vertedero donde se entremezclaban piedras, trozos de madera, botellas rotas, ruedas de coche a medio quemar, humeantes contenedores volcados… lo más parecido a un campo de batalla al finalizar ésta. Mas esta vez no se amilanó, bien al contrario sus ánimos se encontraban crecidos de modo que continuó caminando calle abajo.
            Al poco una mujer se unió a su caminar, a su ritmo, a su dirección. No hizo falta más que una mirada entre ellos para comprender que caminaban hacia el mismo lugar. Y un tercero se les unió un par de esquinas más adelante con quien también se entendieron con una simple mirada. Y un cuarto, y un quinto, y un sexto….
            Sin necesidad de palabras ni grandes algaradas, aquel grupillo creció hasta convertirse en legión a lo largo de la calle cuyo extremo final, aún nebuloso, ya se veía más cercano cada vez. Sin un solo vocablo, aquella tropa tenía claro su objetivo y, además, estaban convencidos de que lo iban a conseguir porque no había ninguna otra posibilidad.
            Juntos, llegaron al extremo de la calle y la dejaron atrás adentrándose en aquello que estaba más allá de la violencia y el gentío, más allá de los seguidores y los seguidos, más allá de la batalla y el altercado… Simplemente, sabiéndose y sintiéndose todos iguales y conectados por eso tan leve que nos hace ser personas, cruzaron el final de la calle.



                                                                     Marcos Lloret García


viernes, 14 de diciembre de 2012

In memoriam



        No sé muy bien qué sucedió aquel mediodía, mejor sería decir que no sé cómo sucedió. Ella yacía tumbada sobre la cama, ténuemente iluminada con las esquirlas del sol que se colaban por entre los huecos de la persiana a medio bajar. Yo, de pie al frente de la cama, sólo la miraba, sólo la escuchaba. Su pelo corto y alborotado, su cuerpo delgado, pálido, sus ojos entreabiertos mirando los míos que querían apropiársela a través de la mirada para que nadie, jamás, osara profanar aquella alma que estaba haciendo vibrar la mía propia.
            Nadie nos vió. Nadie logró alcanzar a escuchar sus roncos jadeos y su respiración entrecortada, que impregnaba el aire de un murmullo mojado pegado al sudor de su cuerpo y a las lágrimas que derramaron mis ojos en el instante final.
            Esta fue la primera vez que vi morir a alguien, a mi abuela Quica.
                                   

Este soy yo



             Quiero confesar que soy un miserable, un egoísta, una persona que ya debería haber muerto en más de una ocasión. Un hombre de una calaña deleznable que jamás encontrará sobre la faz de la tierra ni un ápice de redención a sus pecados.
            Soy puro veneno, amenaza pura que se encuentra a punto de acaecer como la espada de ese tal que pende sobre nuestras testas. Un auténtico pozo de sombras cuya ralea se pierde en la vergüenza de la historia de donde jamás será rescatada. Una especie de bufón mórbido que gusta de escarniar a sus semejantes con toda la malicia de la que soy poseedor.
            Así soy, más demonio que ángel, y más tiniebla que luz. Un niño errabundo entre el cielo y el infierno con un cuchillo en sus manos, yendo y viniendo de uno a otro prendido de la eterna duda de no saber si matar antes a Dios o al Diablo.