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jueves, 31 de octubre de 2013

Síndrome del Verso Irritable

En el espasmo de los sentimientos
nace el verso irritable,
aquél que con voz amable
me parte por los adentros.
Retorcido en los silencios
que llegan jugando en la tarde
soporto el poema que arde
en la mitad de mi cuerpo.
El dolor en dolor devenido
no se calla aunque yo calle
pues nunca ha visto nadie
mi pesar empedernido.
No sé si me hace enfermo
éste síndrome de verso irritable
o es tan sólo, del cobarde,
el modo de llenar los sentidos.
Río de hielo mal digerido,
juego de espadas y alicates,
luces oscuras, sonidos impares,
legión espasmódica en mi derribo.
Aunque resulte malavenido
que este pesar no me arrebate
pues se alimenta de mi sangre
el verso incesante donde vivo.
Ayer me vacié de aliento
al llenar mi pecho de aire,
no hay un sueño que cambie
si al soñar me desvanezco.
Confinado estoy en un verso
que dice verdad y desmiente
la verdad de ese calambre
que me ata al poema eterno.
Gastralgia y ardor guerrero
del temerario combatiente
más valeroso que penitente
peleando en campo abierto.
Sin un motivo concreto
bajo la bóveda celeste
renegando voy de mi suerte
con un rumor embarrado.
Con el alma escribo versos
y con las tripas tempestades
ocultas en las oquedades
que he labrado en el tiempo.

                                  
Marcos Lloret García


domingo, 20 de octubre de 2013

Rompecaversos

Poema publicado en la revista digital Ars Creatio.
Podéis leerlo en el siguiente enlace: http://www.arscreatio.com/revista/articulo.php?articulo=791
Deseo que lo disfrutéis.
Marcos Lloret

miércoles, 9 de octubre de 2013

Tras el cristal (Historia de muertos y velorios)

         La pequeña sala presentaba una atmósfera familiar que resultaba bastante fría pese a que la calefacción funcionaba a demasiada potencia para algunos de los allí presentes. Contradicciones que se dan en estas situaciones de enorme alteración emocional en las que se puede estar sudando a mares y, a la vez, temblando convulsivamente sin necesidad de ser víctima de un acceso febril. Paradojas de la vida y la muerte, incoherencias propias de los seres humanos que sobrevienen al tomar conciencia de la propia finitud que llevamos pareja al modo de un segundo pecado original.
            La decoración era muy escasa, casi tanto como el mobiliario que no pasaba de un sofá tapizado con esa incómoda piel artificial que repele los cuerpos cuando llevan un rato sentados sobre ella, dos butacas vestidas con el mismo falso pellejo de igual tonalidad y un puñado de sillas repartidas por las paredes, pegadas a ellas. También había, en un rincón, una pequeña mesa que pasaba inadvertida entre el moblaje, amén de ser bastante inútil debido a su tamaño.
            El aire caliente que salía en bocanadas por los conductos del techo se encargaba de secar tanto las lágrimas como los segundos que marcaba la aguja del reloj situado sobre el sofá con su eterno movimiento de avance circular dirigido hacia ninguna parte. De igual manera, también enjugaba los lamentos que, de tanto en tanto, se escapaban de alguna boca entreabierta, o de algún corazón desgarrado, dejándolos convertidos en sonidos marchitos que iban y venían de oído en oído, y de alma en alma sin encontrar un sitio donde asentarse y, tal vez, hechar una débil raíz para anclarse a su inconsistencia sudorosa y titilante.
            Pese al poco espacio, la habitación se encontraba repleta de personas hablando unas con otras con ese cuchicheo elevado de tono que tan molesto resulta a quienes todo molesta. Sonsonete que se unía al calor del ambiente de una manera tan natural como se unen los átomos para formar las moléculas del aire que desde hacía un buen rato tenía que respirarse a machetazos porque resultaba más que denso, pétreo y endemoniado. Al fondo de la sala estaba el cristal que separaba el mundo de los vivos del de los muertos, ubicación que no resultaba nada baladí por aquellas cosas del respeto y del decoro que merecen estos lances siempre desagradables. Este vidrio separador no sólo mantenía disgregados los dos mundos mencionados sino que, además, dividía en sendas mitades la situación como un eje asimétrico impuesto por la vida moderna que tratamos de vivir hoy en día en la que hemos perdido ciertos ritos y escenas tan necesarias para lo más humano de lo humano.
            Al otro lado de la luna de vidrio aún no había nada. No se veía nada. Como si de un escenario se tratase con el grueso telón de terciopelo bajado que daba pie a las más variopintas imaginaciones y fantasías secretas, a cual más fantasmagórica y entreverada de espíritus. Esto era lo más relevante de la historia, lo que sucedía en el lado de allá del grueso vidriado porque, en el lado de acá, en la realidad donde creemos, y pretendemos, existir bien sabemos qué sucede en estos menesteres funerarios, y no resulta necesario redundar en lo conocido. Pero sí es interesante traspasar esa ventana dando un paso hacia la parte ignota de la situación, porque ahí es donde suceden las cosas que merece la pena contar.
            -Cuánto tardan en traerme, ¿no?
            -¡Joder, Gimeno! ¡Que tú ya estás aquí! –respondió Sebas con la rudeza que lo caracterizaba –Además, ¿qué prisa tienes?
            -Calma, Sebas. No seas tan bruto con el recién llegado –intercedió Agustín.
            -No, si prisa no tengo. Pero como todo el mundo está esperando…
            -Son tus seres queridos… ¡Pues que esperen, pijo! –vociferó Sebas.
            -Basta ya, por favor…-volvió a intervenir Agustín con su tono conciliador.
            -Mira, ya traen tu cuerpo –dijo Sebas.
            -¡Uf! Es muy fuerte esto….
            -Vamos, que no es para tanto, hombre –lanzó Sebas.
            -Ten un poco de consideración, por favor –intervino, nuevamente, Agustín pasando la mano por el hombro de Gimeno.
            -¡Empieza la función! Atentos, ya están descorriendo la cortinilla –dijo Sebas animosamente, a lo que Agustín respondió con una severa mirada.
            -En verdad, me han dejado muy arreglado. Fíjate que bien vestido, y que bien peinado. Hasta parece que me hayan afeitado y todo…
            -Sí, los huevos te han afeitado… -añadió Sebas.
            -¡Qué elegante estoy!
            -Estas raro. ¿Cuántas veces en tu vida te pusiste traje y corbata? Raro de cojones- matizó Sebas.
            -Hombre, en ocasiones especiales me lo puse… y esta es muy especial, la última de todas –explicó Gimeno.
            -¡Psss! ¿Querías que te lo pusieran? –preguntó éste.
            -No dejé nada escrito al respecto. Habrán hecho lo que les haya parecido mejor –respondió el finado.
            -¿Querías que te pusieran traje y corbata, o no?
            - Pues, no me hacía especial ilusión pero ahora que me veo…
            -Pues ya está. ¡Ni puto caso te hicieron en vida, y ni puto caso te han hecho en tu muerte! –dijo Sebas entre risotadas.
            -¡Qué animal eres! –le recriminó Agustín -¡Ya te vale!
            -Las cosas como son –fue su respuesta.
            -No le hagas caso a este pedazo de bestia. Se te ve muy bien –dijo Agustín a Gimeno.
            -Gracias, pero realmente… un poco raro si estoy. Y la cara, parece…
            -Te han maquillado –interrumpió Sebas.
            -Por algo lo habrán hecho, creo yo –respondió el fallecido neófito.
            -Sí, por tocar los cojones. Porque no quieren ver a un muerto con pinta de muerto, y no se dan cuenta de que cuanto más quieren que el fiambre parezca seguir vivo, más la joden. De todas formas, ¿qué más te da ya?
            -Tienes razón, Sebas. ¿Qué más da? –asintió Gimeno contemplando el féretro en el que reposaban sus cincuenta y muchos años convertidos en un resto de carne inerte. Le parecía bonito el tono de la madera, el brillo con el que estaba barnizada, los adornos tallados en el propio material pero, como terminaba de apuntar Sebas, y él mismo también, ¡qué más daba!
            -¡Vaya caja chula que te han puesto, nene! Se nota que no han reparado en gastos para tu viaje al más allá, bueno, o al más acá. Depende de dónde se mire, ¿no?- dijo Gimeno.
            -Pero mira que eres frívolo, Gimeno- apuntó Agustín mordiéndose las palabras para no pasar a mayores- ¿Podrías dejar de decir sandeces durante un rato?
            -¿Acaso no es cierto? – respondió éste – La caja es chula, si fuese una porquería de lo más barato como la que me pusieron a mi tampoco tendría ningún reparo en decirlo.
            -Eso es seguro.. –matizó Gimeno.
            -Parece que el amigo está encontrando el sentido del humor que nunca tuvo en vida –apostilló Sebas con tonillo irónico.
            -Supongo que por no mandarte a algún lugar que no quiero nombrar en este momento- intervino Agustín mirando fijamente al chistoso de Sebas.
            -No te soliviantes, hombre. Que eso nunca se te ha dado nada bien debido a tu… cómo decirlo finamente… tu descafeinado carácter –respondió éste.
            -No me busques, Sebastián. No me busques que al final terminarás encontrándome –lanzó Agustín cabeceando sus palabras y conteniéndose – Mantengamos la calma porque no es momento para discusiones tontas.
            -Eso siempre se te dio bien, mantener la calma. Y mira cómo te fue –respondió Sebas al envite de su amigo.
            Mientras ambos jugaban a su pasatiempo de incendiarse y contenerse, a sabiendas de que casi siempre era Sebas el que incendiaba y Agustín quien se contenía, Gimeno miraba a las personas que estaba al otro lado del cristal de la sala de velorios, que iban acercándose en oleadas para ver al muerto y presentarle sus respetos, o rezarle una oración según las creencias de cada uno.
            Pasó por el cristal su primo Fernando, con el gesto compungido y los ojos vidriosos, así como su esposa Dolores que tenía una expresión más desenfadada, menos triste. Pasó su hermano, Luís, que casi ni se atrevía a mirar el cuerpo sin vida de Gimeno, de igual modo que sus dos hijas, Laura y Eva, también se veían reticentes a encarar la escena de frente. También pudo ver a Daniel, su propio hijo, hecho un mar de lágrimas, totalmente desconsolado, prendido de los brazos de Virginia, su esposa, y Beatriz, la viuda, quien se mantenía erguida y firme ante la adversidad, tanto que ni tan siquiera una lágrima vio derramarse de sus ojos de mirada severa. Nada que ver con la pequeña Virgi, su nieta, que a duras penas lograba respirar entre sollozos y llantos desgarrados asida del brazo de Ana, la hermana de su esposa, que también parecía bastante entera.
            Iban pasando uno tras otro, a veces en pequeños grupos de tres o cuatro personas, mientras Gimeno miraba la escena como si estuviese viendo una película en la pantalla vítrea. Compañeros del trabajo, amigos, familiares diversos, sobre todo le llamaba la atención aquéllos a los que casi nunca veía cuando estaba vivo. Vecinos del edificio en donde había residido desde que se casó con Beatriz, conocidos del barrio… Mucha gente, tal vez demasiada para él que siempre se había sentido bastante insignificante para todo el mundo, incluso para sí mismo. La sensación de ser una motita de polvo flotando sobre la superficie de las aguas de un lago que es movida al albur de las corrientes y de los vientos hasta que, finalmente, termina por hundirse y desaparecer sin ninguna otra posibilidad más que la húmeda muerte. Podría decirse que esto reflejaba bastante bien lo que había sido su vida.
            -Cuanta gente ha venido a darme el último adiós –dijo Gimeno con voz tenue.
            -Todos los que te quisieron en vida –añadió Agustín.
            -No creo que sea así, y vosotros también sabéis que no es así –intervino Sebas.
            -¿Ya vas a empezar otra vez con tus cosas?- se apresuró a decir Agustín tratando de que Sebas se moderase.
            -¿A qué te refieres, Sebas? –preguntó Gimeno.
            -Me refiero a lo que los tres que estamos aquí sabemos. A que en estas situaciones hay mucha gente que viene por venir y no porque realmente sientan la pérdida. En este caso, tu muerte. Algunos están aquí porque realmente desean estar, pero otros vienen por no quedar mal, o por cumplir, con tu familia. Otros vienen, y esto es gracioso, por obligación moral para con el muerto…
            -¿Qué es lo gracioso? –interrumpió el recién fallecido.
            -Para mi no deja de ser gracioso que la gente haga cosas porque las debe hacer, más allá de lo que quieren hacer realmente. Me resulta gracioso que ahí afuera hay personas que, verdaderamente, desearían estar en su casa viendo la televisión, o tomando una cerveza en el bar con los amigos, o haciendo cualquier otra cosa antes de estar aquí y ahora, pero se ven moralmente obligados a estar presentes para no sentir esa cosa llamada culpa carcomiéndoles las entrañas por estar haciendo lo que quieren hacer en lugar de lo que deberían estar haciendo. Y eso se nota, fíjate. En los ojos, en los cuerpos, en la manera de hablar y de estar…
            -¿Cuántos, de los que hay, crees que no quieren estar aquí? –preguntó Gimeno.
            -Para mí, más de la mitad de los que están son unos cabronazos que desean largarse a sus casas –respondió Sebas.
            -No digas más estupideces que ya está bien. Te lo pido por favor –intervino Agustín.
            -¿Estupideces?... Si tú lo dices, tú sabrás… Pero en el fondo estoy seguro de que estás de acuerdo conmigo. ¿Es que no te acuerdas de tu velatorio? ¡La cantidad de indeseables que había! Aunque te lo pasaste excusándolos y repitiéndote a ti mismo que, en cierto modo, te apreciaban.
            -Es cierto. Me apreciaban –dijo Agustín contrariado.
            -Y un huevo –respondió Sebas –Ya ves, Gimeno. Hay personas que, ni en la muerte, se permiten ser ellos mismos y actuar como les sale del alma, que es lo que somos al fin y al cabo: almas.
            -Te repito que no voy a discutir contigo ahora –dijo Agustín.
            -Ni con nadie. Ni con nadie…
            -No me vas a hacer entrar en tu jueguecito de provocaciones –añadió Agustín.
            -¿Provocaciones? Llámalas verdades.
            -¡Qué fácil resulta decir la verdad de los demás sin ver la de uno mismo! –exclamó Agustín tratando de dar carpetazo al asunto.
            -Y la mía también la digo sin reparo. Mi velatorio fue una puta mierda. Yo creo que de todos los que había únicamente querían estar mis hijos y, aunque te parezca mentira, tú. Mi mujer pasaba de mi, mis hermanos mejor que no hubieran venido, los demás familiares podían haberse ido al cine, o al teatro, o al carajo. Y, de los pocos amigos que vinieron al tanatorio, sólo a ti te sentí cercano y cierto. Además, yo quería que me hubiesen hecho el velorio en mi casa, con la caja encima de la mesa del salón y que éste hubiera estado lleno con las típicas sillas plegables que el ayuntamiento facilita para estos menesteres. Tener el gran crucifijo de los difuntos en su pedestal detrás de mi cuerpo yacente, y dos grandes velones de muerto a cada lado, con sus respectivos pies de metal. Y que la gente hablara, contara chistes en la salita contigua al salón, chismorrearan sobre mi, bebieran café, licores y whisky, y tomaran chocolate a la madrugada. Vamos, lo que toda la vida de Dios se ha hecho en los funerales caseros que, visto lo visto, son los mejores. Pero no me dieron ni ese último gustazo. Tal vez se molestaran por mi partida pero… no me arrepiento de haberme volado los sesos. De todas formas, para poco me servían en vida y, sinceramente, ahora me siento mucho mejor. ¿Quieres más verdad?
            Agustín no respondió, pero su mirada tierna lo dijo todo. Gimeno tampoco pronunció palabra, pero sus ojos tristes dijeron mucho más de lo que su voz callaba.
            -¿Cómo te hubiese gustado a ti, aquí o en tu casa? –preguntó Sebas dirigiéndose a Gimeno.
            -Hombre, este es el lugar más indicado en la actualidad para llevar a cabo estos asuntos tan lastimosos –respondió éste.
            -Sí, ya. Todo eso lo sabemos pero, ¿no preferirías estar en tu casa? –cuestionó otra vez Sebas.
            -Pues, sinceramente, sí. Preferiría estar en mi casa y no en esta fría habitación en la que ni tan siquiera las flores que han puesto desprenden fragancia alguna. Me gustaría estar en la calidez de mi hogar, pero reconozco que de esta forma es mucho más cómodo para ellos –argumentó refiriéndose a su familia.
            -Parece que tú también vas a ser de esos que ni tan siquiera en la muerte se atreven a ser ellos mismos, ni a pensar en sí mismos.
            -Por favor, señores, no discutamos más –intervino Agustín con su típico tono de voz conciliador.
            -¿Sabes? No pasa nada por discutir. Podemos discutir todo lo que queramos, o necesitemos, y seguir siendo tan amigos como, de hecho, lo somos. De igual modo, no pasa nada por ser uno mismo auténticamente aunque, reconozco, que esto es decisión de cada cuál, y no es mi intención convencer a nadie de ello. Lo que me jode es que no os atreváis a serlo por una cuestión de puro miedo.
            -¿A qué miedo te refieres? –preguntó Gimeno que ya no prestaba tanto interés a lo que estaba sucediendo en el lado de allá del cristal.
            -Al temor que a todos, en mayor o menor medida, nos produce el hecho de soltar los anclajes a los que hemos estado sujetos y dejar que las aguas nos lleven derivando hasta el lugar que nos corresponde y que es propiamente nuestro. Yo, me alegro de haber podido hacer esto mucho antes de que llegara mi hora, le pesase a quien le pesase y gustase, o no, a las personas de mi vida. Del mismo modo que no me arrepiento de haber terminado con mi vida cuando me vino en gana, y antes de que la terrible enfermedad que me diagnosticaron me dejara convertido en un amasijo descerebrado.
            -¿Y no piensas en el sufrimiento que le causaste a tus seres queridos? –preguntó Agustín.
            -Pensé en mi que era quien más iba a sufrir, porque yo era el que estaba enfermo- concluyó Sebas.
            La noche de los muertos, pese a que no era la fecha en la que se celebra tal evento pero, sin duda alguna, era su noche, fue pasando casi sin dejar constancia de su deslizar sobre el cielo oscurecido y la tierra en sombras. A medida que la luna avanzaba, las personas que se encontraban en la sala se fueron marchando para descansar en sus hogares, salvo los más cercanos y dolidos que permanecieron en el lugar toda la velada. El hijo de Gimeno, su nieta agarrada a los brazos de su padre, y dos conocidos del barrio donde vivía a quienes jamás llegó a considerar amigos. Todos ellos sumidos en un silencio sepulcral que ni tan siquiera se atrevían a romper los llantos y sollozos enmudecidos ante la envergadura de la tranquilidad que reinaba en el lugar desde que la caterva comenzó a hacer mutis. Incluso los tres amigos difuntos estuvieron sin hablar varias horas de ese tiempo humano que ya no les concernía lo más mínimo. Sólo Sebas se atrevió a hacer un pequeñísimo y breve paréntesis en mitad de la quietud.
            -Ves, estas personas sí son las realmente importantes y, quizá, unas pocas más de las que se marcharon.   
            Por la mañana temprano, muy temprano, fue regresando el tropel de amigos y familiares hasta que, poco después de la hora del desayuno, la sala volvió a estar atestada. A partir de aquí, los hechos se sucedieron rápidamente. El traslado del difunto a la capilla del tanatorio donde un páter llevó a cabo los oficios religiosos propios de la situación, y la posterior andadura por el camposanto hasta llegar al lugar destinado a albergar los restos mortales del fallecido por toda la eternidad.
            Al introducir el ataúd en el nicho, a Gimeno se le revolvió alguna cosa en el alma que, a estas alturas, era lo único que era. Luego, con el chop chop chop del yesaire colocando la tapa de escayola que cerraba el enterramiento, y lo sellaba, quedando ésta posteriormente ocultada por la lápida, una pregunta le asaltó el pensamiento.
            -¿Y ahora qué?
            -Ahora, aunque te resulte paradójico y contradictorio, a vivir, Gimeno. A vivir – respondió el amigo Sebas.



                                                                       Marcos Lloret García