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viernes, 14 de noviembre de 2014

Vinieron para quedarse

Vinieron para quedarse
y yo me quedé con ellos
mientras aguardábamos juntos
la llegada del invierno,
de esos fríos que no matan
cuando se siente la muerte adentro
enredada en los recodos
del laberinto del cuerpo.
Cordura destronada
por el pensamiento incierto
que me hace morir cada hora
al sentir que estoy vivo-muerto:
medio vivo por lo que soy,
medio muerto por lo que tengo.

Vinieron para quedarse
recuerdos de viejos miedos,
visitas intempestivas
en un tiempo fuera del tiempo,
en un mar carente de agua,
en una hoguera sin fuego
cuyas ascuas son la lumbre
donde me abraso en silencio,
quemándome con el frío
que viene cruzando el cielo
cuando el sol se va a dormir
y se despierta el misterio
de no saber si yo soy yo
o no soy más que el reflejo
de ese mar sin salada agua
en cuyas olas me adormezco
para no sentirme vivir,
para no morirme viviendo.

Vinieron para quedarse
cantares sin melodía,
conatos de falsa esperanza
y mediocres palabras vacías
que componen estos versos
de dolor, cicatriz y herida.
Atorados en mi garganta
llevo los años de vida
por donde he cabalgado a medias
entre remembranza y olvido,
buscándome para no verme,
perdiéndome al dar conmigo.

Vinieron para quedarse
y se han quedado prendidos
tristes acordes insonoros
del pentagrama huidos.
Partitura silenciosa
buscando compás y ritmo
sin metrónomo que marque
las huellas de su destino
convertido en los legajos
que no son sino yo mismo.

                                             Marcos Lloret García






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