jueves, 27 de marzo de 2014

La Epidemia

            La primera persona aquejada del mal que comenzó a causar estragos entre la población dejó más que asombrados a los médicos de urgencias del hospital  donde fue trasladada cuando comenzó a sentir los primeros síntomas, podría decir sin faltar a la verdad que los profesionales sanitarios quedaron perplejos. Se trataba de una mujer de cuarenta y pocos años aquejada de dolores abdominales, náuseas y un severo estupor que la mantenía fuera de sí, con cierto aire de indiferencia sobre lo que le estaba sucediendo. Tras los exámenes exploratorios y las primeras pruebas diagnósticas, el internista que atendió a la paciente descartó ciertas patologías más o menos severas que, de no tratarse a tiempo, podrían desencadenar serios problemas para su salud. Pero no logró obtener ningún resultado concluyente, tan siquiera encontró alguna pista que le permitiera seguir indagando en el diagnóstico o, al menos, poder lanzar una hipótesis sobre el caso que tenía entre manos. De modo que decidió mantenerla en observación y tratar sintomatológicamente el cuadro que presentaba la enferma mediante la administración de analgésicos y antieméticos.
            En pocas horas, los síntomas comenzaron a agravarse. Los dolores del abdomen aumentaban de intensidad a la vez que las náuseas empeoraban, pero no había vómito asociado, ni fiebre, ni anomalías perceptibles a la palpación de la zona abdominal. El doctor Ruiz, consultó con un colega a quien comentó el caso y puso al corriente de los resultados negativos que habían aportado las pruebas realizadas, entre las que estaban radiografías, analíticas de sangre y orina, electrocardiograma…
            -Como veo todo es negativo. Yo le haría una ecografía abdominal y, de ser también negativa, me plantearía que la valorase el neurólogo de guardia por el estupor en el que está sumida ya que podría tratarse de un accidente cerebro vascular –dijo el doctor Andrada,  jefe del Departamento de Medicina Interna del hospital – Aunque la exploración neurológica preliminar que has realizado no pone de manifiesto que sea el caso.
            -Haré la ecografía a ver si nos dice algo –respondió Ruiz.
            -Avísame cuando vayas a realizarla para estar presente y valorar los resultados de la imagen –añadió Andrada.
            Al poco, los dos médicos se dispusieron a realizar la exploración. Ya estaba preparado el ecógrafo portátil y las enfermeras tenían lista a la paciente para la maniobra pero, de pronto, el caso se precipitó. La mujer tuvo una gran arcada en la que evacuó una bocanada de contenido gástrico, poco más que líquido amarillento y maloliente, de ese que deja al pasar por la garganta un regusto ácido con el escozor característico que ello produce. Ante esto, la enferma pareció sonreír levemente. De inmediato, vino otra náusea mucho más virulenta que la anterior, con la consiguiente salida al exterior de su cuerpo de una cantidad mayor de jugos gástricos. Esta vez el vómito vino acompañado de un sonoro quejido que, por el tono, recordaba a una vocecilla infantil. Los galenos se miraron extrañados y justo cuando el doctor Andrada iba a colocar el trasductor del ecógrafo sobre el vientre de la mujer, ésta tuvo una nueva regurgitación que dejó a ambos médicos, así como a las enfermeras que estaban en la sala, petrificados de puro asombro.
            En esta ocasión, lo que salió por la boca de la enferma entremezclado con los líquidos estomacales fue un niño diminuto. Una pequeña criatura que no pasaría de unos ocho o nueve centímetros de estatura. Pero no era el típico bebé recién nacido, sino un niño completamente formado, como suele decirse hecho y derecho que, de no ser por su reducido tamaño, podría tener perfectamente nueve o diez años de edad, incluso más. Los facultativos, ante la inconcebible situación, dieron un respingo hacia atrás, del mismo modo que las enfermeras quienes no sabían cómo actuar en un lance de tales características. El pequeño niño miró a su alrededor con sus ojillos zarcos, mas no dijo palabra alguna. Simplemente se puso de pie sobre la sábana de la cama donde había ido a parar, debido a que la intensidad del vómito lo lanzó fuera del empapador que la paciente tenía puesto sobre su pecho y, con cierta dificultad a causa de la inestabilidad que produce caminar por un colchón, fue ascendiendo poco a poco, con sus pasitos firmes y dispuestos, hacia la parte superior del catre. Cuando llegó a la altura de los hombros de la mujer la miró  a los ojos y ésta comenzó a llorar con uno de esos llantos que son tan amargos como aliviadores al mismo tiempo. No eran lágrimas por un hijo, que el pequeño no lo era, sino por su niño. Éste, por su parte, se sentó a su lado y continuó sin decir palabra. Sólo la miraba.
            -¡Doctor, doctor! –dijo un enfermero que entró sobresaltado al box donde todos continuaban anonadados, dirigiéndose a Andrada -¡Le requieren con urgencia en el número cinco! ¡Venga, rápido!
            Tan fugaz fue la aparición del sanitario que no reparó en lo que terminaba de suceder allí. Andrada, por su parte, salió presuroso no sin antes decir que regresaba enseguida. Pero el box número cinco le guardaba una escena muy parecida a la anterior, solo que en esta ocasión el afectado era un varón de treinta años que acababa de vomitar un pequeño niño pelirrojo de inconmensurables ojos oceánicos que se posicionó al lado de la cara del joven enfermo tumbado en la cama, a lo que éste retiró el rostro para no verlo. Incluso intentó apartarlo con su brazo izquierdo, maniobra que casi hace caer del lecho al pequeño de no ser por la rápida intervención del enfermero que le sujetó la espaldita para que no perdiera el equilibrio.
            -No encuentro una explicación para esto- dijo la doctora Pérez a Andrada quien, sin decir palabra, hizo un gesto de negación con su cabeza dando a entender que él tampoco.
            En el box número ocho sucedió algo muy similar con otra paciente de cincuenta y muchos años, y también en el uno, con un enfermo octogenario. Poco a poco, los habitáculos de la zona de urgencias se fueron llenando con personas que vomitaban niños, todos ellos con los ojos de color azul, y también en la sala de espera empezaron a darse los mismos casos ya que los médicos no daban abasto para atender a todos los enfermos con la celeridad que requerían. La escabrosa noticia no necesitó correr como la pólvora ardiente por las distintas plantas del centro hospitalario porque los pacientes ingresados, con diversas patologías y distintos niveles de gravedad, comenzaron a sufrir los mismos síntomas y, uno tras otro, fueron regurgitando pequeños infantes de azulada mirada, característica que los igualaba del mismo modo que su aparente mudez, tanto a los que eran varones como a las niñas. Además, otra singularidad de los pequeños era que tan sólo se dedicaban a mirar fijamente a la persona de la que habían salido.
            En un breve lapso temporal, el personal sanitario comenzó también a desarrollar las mismas molestias en sus cuerpos y todos y cada uno terminaron por devolver a su pequeño niño de ojos de mar y cielo despejado. Médicos, enfermeras, especialistas diversos, cirujanos, técnicos varios, celadores, personal administrativo y de mantenimiento… Se vieron obligados a dejar de lado sus tareas debido a la inconcebible situación que estaban viviendo, nunca mejor dicho, en sus propias carnes. Hasta que el hospital se quedó paralizado por completo bajo el silencio de los niños y niñas recién expelidos al exterior junto con los gritos nerviosos de algunos de los afectados, las lágrimas de otros, las leves carcajadas de unos pocos, la minoría, que parecían tener una difusa conciencia de lo que sucedía mas no de lo que estaba por venir.
            La ciudad entera fue cayendo en los brazos de esta suerte de epidemia, tanto fue así que los servicios de transporte sanitario de urgencia se vieron desbordados por el aluvión de llamadas que recibieron en muy poco tiempo. Máxime, cuando los mismos profesionales del mencionado servicio empezaron a sufrir idéntica dolencia. A unos les sobrevino el acceso en los puestos de mando, a otros en el trayecto que recorrían alumbrado por el sonido de las sirenas para atender las llamadas de auxilio, incluso más de una ambulancia tuvo que detenerse en el camino al centro médico de turno, con el enfermo en la parte trasera del vehículo, porque tanto el conductor como los sanitarios que iban en él comenzaron a vomitar sus niños pequeños, entrando en ese estado de estupor que les impedía continuar ejerciendo sus funciones y con la consiguiente sensación de incredulidad que el suceso llevaba parejo. Lo bueno del caso, si es que había algo bueno en esto, era que las personas, una vez lanzado al exterior el niño, dejaban de sentir el malestar, los dolores, las náuseas y el sopor previo a la expulsión de la criatura con lo que la situación, al menos desde un punto de vista estrictamente fisiológico, parecía no revestir un riesgo vital. Pero hay cosas que van más allá de la mera fisiología escapando de ella para afectar, en algunos casos mortalmente, a aspectos menos tangibles e indeterminados que pueden ser igualmente graves, sino más, que una hemorragia masiva debida a un traumatismo, una trombosis cerebral o un ataque al corazón, por mencionar algunos casos de extrema relevancia médica.
            Nadie sabía qué hacer ante el evento, cómo proceder en una situación de tales características, sobre todo los menos afortunados que no tuvieron tiempo para desplazarse a ninguno de los hospitales de la ciudad y sufrieron todo el proceso en la soledad de sus hogares. Familias enteras devolviendo niños. Padres, madres e hijos lanzaban al mundo esas minúsculas criaturas, todos en sus casas sumidos en la incierta compañía que sobreviene ante la incapacidad de atender en su sufrimiento a las personas que tenemos al lado porque, cada uno, estaba atravesando su propio achaque imposible, reaccionando ante él de una forma completamente personal e íntima, como ya se ha mencionado. Siempre con la misma característica de los diminutos seres, tanto en el color de sus miradas como en el silencio de sus voces.
            La siniestra dolencia no tardó demasiado en extenderse por los pueblos y pedanías que rodeaban a la urbe, los habitantes de las cuales fueron cayendo todos en el mismo acantilado de vómito infantil con azul y silencioso resultado. Indisposición que no atendía a ninguna clase de orden social, político ni militar. Desde tenderos a maestros y profesores, pasando por artesanos, funcionarios y políticos, agentes del orden público, hombres de negocios, grandes y pequeños empresarios, personas acaudaladas y también los más desfavorecidos desharrapados que tuvieron que soportar el acceso en chabolas, portales, construcciones abandonadas y casas viejas, o en plena calle quienes sólo poseían el cielo raso de la noche como único techo bajo el que guarecerse. Igualmente, los religiosos se vieron asaltados por la vomitona de infantes. Sacerdotes, monjas, diáconos, así como los diversos cargos en el escalafón de la jerarquía eclesiástica. De entre las personas de fe, hubo quienes consideraron la situación como algo milagroso venido por voluntad divina, aunque otros lo vivieron como si de una maldición de Satanás se tratase. Cada uno a su manera, pero siempre revestido de un azul silencioso y sereno.
            Antes de que el gallo cantase para despertar al sol de su letargo noctámbulo, el mal afectaba a todo el país que se encontraba detenido. Los medios de comunicación no comunicaban, no había radio, televisión ni prensa, aunque la población tampoco estaba muy dispuesta para escuchar, leer o ver nada más allá de esos niños. Únicamente corrían escasos y vagos rumores por las modernas redes sociales que parecían dejar claro que aquello no había pasado solamente a nivel del territorio en cuestión en el que se focaliza esta historia, ni tampoco se había quedado contenido en los países vecinos, tan siquiera dentro del propio continente en el que todos intentaban convivir. Bien al contrario, el hecho se dio en todos los continentes del mundo, ya sean éstos cuatro, cinco, seis o siete, dependiendo del punto de vista que se adopte al respecto. Pero el caso era que en cada ciudad de cada país, en cada pueblo, barrio o barriada, en cada aldea, en cada tribu o clan, en suma, en todos los rincones del destartalado mundo que habitamos acaeció la misma situación. Hasta los máximos dirigentes y representantes mundiales se vieron obligados a dejar a un lado la pretenciosa labor que trataban de llevar a cabo, bastante inútilmente, en aras de lo que denominaban de forma irónica el bien común, para atender a los pequeños que salieron de sus cuerpos. Algunos de estos mandatarios fueron sorprendidos por la vomitona en pleno discurso ante un auditorio de envergadura internacional, en esas importantes reuniones y cumbres que, en el fondo, no sirven para nada más que nada. Reyes en audiencia pública con hilillos de baba y jugos gástricos chorreándoles por las comisuras de los labios mientras un niño se abría paso por entre su boca. Grandes banqueros tratando de cerrar sus grandes negocios en mitad de unas náuseas de conocido resultado…
            Yendo más lejos, hasta los cientos de contiendas bélicas abiertas en el planeta quedaron cerradas cuando a las tropas comenzaron a salirles niños por las fauces. Los soldados, de unos y otros bandos, vomitaban en el frente de batalla, en las trincheras, en las selvas y montañas donde trataban de dirimir a balazos unas diferencias que, a la mayoría de ellos, no les importaban lo más mínimo. Al parecer, también hubo un cruento general muy curtido en el arte de la guerra a quien, a la orden de ¡Ataque! que lanzó a sus fieles tropas, se le escapó su niño junto con la voz y ya no pudo seguir atacando, ni mandando atacar, ni hacer ninguna otra cosa que no fuera contemplar al pequeño ser silente de azules niñas que terminaba de salir de sus adentros.
            En cuestión de pocas horas, lo que viene a durar la oscuridad en la mitad del mundo y la luz en la otra parte de éste, todo el orbe se había congelado, paralizado, casi parecía que el movimiento rotacional del planeta, así como su traslación por el universo, también se estaban viendo ralentizados contraviniendo las más precisas y antiguas leyes de la astrofísica que alguien imaginó descubrir en algún momento obligando a toda la humanidad a creerlas a ciencia cierta como si se tratase del más grande dogma de fe por encima, incluso, de la Creación en tan sólo una hebdómada de tiempo a manos del Supremo Facedor.
            Dando un paso más hacia adelante, cuando todo se encontraba parado, hubo personas que escucharon cómo el mismísimo Dios de los cielos dejó de respirar su hálito universal y fue capturado por el mal que afectaba a la humanidad convirtiéndose, de este modo, en el más humano de todos los hombres mientras con una náusea divina arrojó su niño que, igual que todos los demás, de azul mirada y silencioso, se quedó contemplándolo sin mediar  sonido alguno.
            El final llegó al final, cuando ya todo estaba hecho y acabado, todas las personas del mundo con sus niños, todos ateridos por el frío añil que traía el miedo silencioso que englobaba completamente la tierra, y del que todo el cosmos se estaba haciendo eco a la manera de un diapasón que resuena con el mismo tono que le llega desde un lugar lejano y cuya vibración es capaz de absorber todo lo demás.
            En ese instante cumbre, todos los pequeños niños que habían surgido en el mundo directamente de las vísceras de las personas, comenzaron a poner cara de tristeza, expresión dolorida que podía adivinarse en esas criaturas garzas a poco que se las mirase con el corazón y, simultáneamente, como si de una orquesta filarmónica mundial se tratase, comenzaron a derramar lágrimas, a llorar, a gimotear sollozando sin consuelo posible  mientras intentaban agarrase con sus diminutos bracitos al cuello de la persona que los había vomitado. No se escuchó otra cosa en el globo terráqueo más que un llanto desgarrado retumbando en todo el universo y alumbrando su oscuridad, cuya única intención y finalidad era hacerse escuchar. Lo demás, ya vendría si tenía que venir algo.
            Desde aquél entonces, el mundo ya nunca más fue igual de lo que había sido hasta ese momento, sus habitantes tampoco. Tan siquiera Dios pudo continuar con su juego eterno sabiéndose, solamente, uno más de entre todos los hombres y mujeres que vomitaron sus niños.



                                                                                                          Marcos Lloret García

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